El término “flujo de valor” hace referencia a la serie de pasos que se dan para proporcionar el producto, servicio y/o experiencia que el cliente desea. Algunos de estos pasos aportarán valor, mientras que otros no, por lo que aquellos que no agregan valor, que representan desperdicio o que un cliente no quiere y por los que no pagaría, no son parte del flujo de valor.

Cuando identificamos el flujo de valor para un proceso de negocio concreto, conviene evaluar cada paso basándonos en estos criterios sobre si aporta valor o no. Para hacer esto, debemos obtener información fiable y fundamentada acerca de las expectativas de calidad y valor del cliente; las suposiciones acerca de lo que los clientes quieren y esperan no son suficientes.

Es importante entender que el flujo de valor se define para un producto específico (o familia de productos), y comprende todas las actividades de planificación y producción por las que pasa dicho producto hasta llegar al cliente.

Una vez que lo hemos localizado, el objetivo será eliminar todos los demás pasos del proceso que no aporten valor y deben ser eliminados definitivamente. Con este simple análisis la organización puede mejorar en su eficiencia, reducir el desperdicio y mejorar la experiencia para el cliente.

Como el mercado está en constante cambio y las necesidad y expectativas de nuestros clientes pueden cambiar a lo largo del tiempo, es conveniente que revisemos periódicamente nuestro flujo de valor, para verificar que aún es aplicable y que evolucione a medida que sea necesario.